San Agustín de Giovanni Papini

    San Agustín de Hipona. Pocas veces había meditado en la vida de este hombre, de este santo. Sabía que había tenido unos comienzos alejados de Dios y que luego se convirtió. Sabía que fue uno de los Pilares de la Iglesia en sus primeros tiempos. Había escuchado la parábola sobre la Trinidad en la que un niño intenta vaciar al mar en un pequeño hoyo de la playa con una concha, Agustín se le acerca y le pregunta   ” ¿Qué haces?”, el niño le responde “intento vaciar al mar en este pequeño hoyo”. Agusín le hace saber lo imposible de su tarea y el niño, que era un angel, le responde “primero vaciaré yo el mar aquí que tu comprendas el Misterio de la Santísima Trinidad”. Pero poco más, como pasa como todos los santos uno los cree como personas extra humanas, con dones especiales que debían de ser santos porque sí.

    Si bien San Agustín fue un genio en todos los sentidos de la palabra, su vida es un testimonio de cómo una persona con las mismas tendencias, pecados y disyuntivas que uno puede convertirse en un santo de este calibre.

    Una gran parte de su vida la dedicó a combatir las herejías. No con armas sino con palabras de verdad. Un gran retórico, teólogo y filósofo, con una agudeza mental capaz de desbaratar cualquier pensamiento hereje. Pero lo de hereje suena a algo viejo, a algo de hace mucho tiempo. Papini en la biografía hace comparación de las herejías que combatió San Agustín (arrianos, pelagianos, donatismo, maniqueos…) con las herejías de hoy, y el parecido es asombroso.
    
    Es la historia de como un hombre con insasiable deseos de verdad, de felicidad llega a dar con ella en la Iglesia. En mucho trató de explicar el valor de la Iglesia fundada por Cristo y como los pecados y barbaridades de sus integrantes no denigran la grandeza de la misión de la Iglesia. Y es asombroso como los mismos conceptos que Agustín expone, hace 1700 años, son igual de verdaderos hoy y como desde aquellos primeros tiempos de la Iglesia se creía en exactamente lo mismo que hoy.
    
    Sin duda aconsejaría la lectura del libro a cualquiera, no importa la religión que profese. Abre también el horizonte de muchas cosas históricas que sucedían en la época y las costumbres que tenían. Mi idea era que los primeros cismas grandes de la Iglesia se dieron con Lutero y seguidores, pero al leer el libro uno se da cuenta que en los mismos comienzos de la Iglesia ya existían estas divisiones, con ideologías casi idénticas a las de hoy, con motivaciones realmente parecidas. Un año después de morir un ejército de arrianos destruyó la ciudad de la que fue obispo durante más de 40 años.

    Papini hace alegorías muy buenas con nuestra cultura moderna y los escritos de Agustín. Por ejemplo, hay una cita que dice “Existimos, sabemos que existimos y amamos a nuestro ser y nuestro conocer. En estras tres cosas…no nos trba ninguna semejanza de falsedad, ya que no son como las que existen fuera de nosotros y que tocamos con algún sentido del cuerpo; pero sin ninguna imagen falaz de fantasías o de fantasmas, es para mí cosa certísima que existo, que conozco mi ser y le amo. Ante estas verdades, o tengo temor algno de los argumentos de los académicos que dicen: ¿y si te engañas? Pero si me engaño es que existo. Porque quien no existe no puede ni siquiera ser engañado y, por consiguiente, si soy engañado es que existo. Y puesto que yo quien me engaño ¿cómo puedo engañarme de que exista cuando es cierto qeu existo si me engaño?”. Inmediatamente despues de estas palabras de San Agustón Papini pone: “no les recuerda esto a las palabras de Descartes ‘cogito ergo sum’?”. Así pone varios casos en los cuales aparentes nuevas ideas, buenas o malas, no lo son ya que San Agustín las abordó en los inicios de nuestra Era.

    Quisiera escribir más sobre esto, porque hay mucho de ello en el libro. Pero algunos pensamientos de Agustín como el siguiente son tan increíblemente iguales y válidos hoy: “[San A gustín]Busca la iluminación interna en el impulso del alma hacia Dios, pero insiste tanto sobre la potestad y necesidad de la Iglesia, que llega a decir que cree en el Evangelio porque lo manda la Iglesia, y no en la Iglesia porque está atestiguada en el Evangelio”. Palabras profundas en gran sentido. Todo el pensamiento de San Agustín es teocéntrico. Todo va dirigido a Dios, pero literalmente todo.

    Papini habla mucho de la necesidad de extremos, porque los puntos medios son mediocridades. Por ejemplo “…para Agustín, como para todas las grandes mentes, no hay grises. Las soluciones medias son mediocres; pero si se dan los extremos, siempre que concurran todos, se llega a una síntesis, que no es compromiso, es superación.” Los extremos no son malos, siempre que estén todos, porque cuando sólo hay un extremo y las cosas tienden a él, las cosas están mal.

    El libro, al tener muchos extractos de la obra de San Agustín, tiene citas por todos lados. Muchas lo dejan pensando a uno mucho. Dice en algún lado que Agustín cambia los paradigmas con cositas tan sencillas como la frase “¿vivimos una vida que muere, o una muerte que vive?”. Ahora me quedé picado y estaré buscando las dos más grandes obras de San Agustín: “Confesiones” y “Ciudad de Dios”.

    Papini fue un ateo por mucho tiempo. Muchos de sus libros son duras críticas del cristianismo y de la Iglesia. Su obra literaria es una evolución en la que se puede ver el cambio de un ateo convencido a un cristiano fervoroso. Pero la manera en la que escribe es realmente agradable, rara vez aburre y hace al lector necesariamente reflexionar. Si encuentran el libro, léanlo.

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