Cree lo que quieras creer

Soy una persona filosófica en sí. Degusto pensando y repensando las cosas. Soy un empirista convencido. Pero también soy un racionalista. En estos siglos, filosofía y psicología tocan constantemente sus caminos. Y es una pena, ya que la filosofía suele quedar embarrada con psicologías de plástico que salen por aquí y por allá todos los días. En las librerías abundan libros con las nuevas y revolucionarias formas de vida, que miles de mentes y almas hambrientas de algo, lo que sea, se lanzan a comenzar a leer. No desprecio esto, es algo. E incluso alguna de esas ideas que aparecen escondidas en esos libros tienen sentido. Tengo la manía de leerlos.

Sin embargo, entre tanta propuesta, entre tanta idea, con tanto método y sistemas, con tantas psicologías, ¿por qué la gente sigue sin encontrarle una razón a sus vidas? De lo mucho que he leído sobre esto, les puedo decir con cierto grado de certeza: cree lo que quieras, pero “créelo bien”. Elije un punto de vista, un paradigma, y aférrate a él. Intenta escoger el que más te acerque a la realidad, pero elije uno. Que no decidan por ti. Y si tienes las agallas, métete en el laberinto sin salida en la búsqueda del paradigma, o de la filosofía más real, más cercana a la verdad que puedas.

Hay muchas formas de ver una misma verdad. Aprende eso. Ojo, no es lo mismo decir que hay varias maneras de ver la verdad, y aceptarlas, que decir que aceptamos una forma falsa de verla. Si algo te funciona, úsalo, sino desechalo, pero está consciente de que LO TENÉS que buscar.

Sobre los propósitos

Una buena manera de frustar una vida es ponerle propósitos. ALTO, no estoy diciendo que una vida carente de propósitos valga la pena, estoy diciendo que hay una lista muy elástica de propósitos que las personas se imponen que nunca llegan a cumplirse. De hecho, una vida con uno o dos propósitos es una vida muy sana, muy vivible. Pero una vida con 30 propósitos llena de culpa. Porque si los propósitos se cumplieran probablemente perderían su magia, su excusa. Porque miro a la gente (y me miro a mí) aun fumando, aun comiendo  mal, aun sin ejercitarse. Sigo viendo a las personas viendo TV, levantándose tarde, bañándose con agua caliente, con carros desordenados, con llamadas por hacer. Si quieres frustar una vida: ponle propósitos de este tipo. Llenarás a alguien de culpa, y con el tiempo verás que cada semana, mes, año, los benditos propósitos vuelven, y vuelven igual.

Los libros que me quedan por leer

Uno de los requerimientos para una buena vida es la lectura. Para el latino en general, tanto de América como de Europa, la lectura está reservada para aquellos que tienen poco que hacer. Desconozco las estadísticas en cuanto a libros leídos anualmente en cada región, pero estoy seguro de que hay una gran diferencia en el promedio de los países latinos y de los países sajones. Tenemos que leer más. El leer nos pone en contacto con las mejores mentes de la humanidad. Y no sólo eso, nos pone en contacto hablando en primera persona. Es una lástima que la comunicación sea de una vía, pero no deja de ser mágica.

Cuando entro a una librería me siento abrumado. Miro títulos, y títulos de libros que quisiera leer. Hace tiempo tomé la decisión de que cada vez que voy a comprar un nuevo libro hago una pequeña investigación antes, especialmente con lo fácil que es hacerlo ahora por Internet. ¿Por qué? Para saber que leer y saber que NO leer. Un mal libro es un real desperdicio, especialmente porque tenemos una cuota muy pequeña de libros por leer.

Si una librería pequeña tiene unos 50,000 títulos, ¿cómo escogemos? Imaginemos que tengo 50 años más de vida (aunque con el mundo de hoy esto no es ni garantía ni promesa), y que soy un lector ávido que lee un libro anual. Esto es 52 libros al año. Pero para redondear dejémoslo en 50 libros anuales, que sigue siendo una meta alta, y hasta cierto punto poco realista. Ahora, 50 años leyendo 50 libros, quiere decir que tengo por leer 2,500 libros en mi vida….si leo MUCHO. Entonces, si de algo estoy seguro es que debo escoger bien esos 2,500 libros pendientes. Quisiera tener un poco más de tiempo. Por qué, cuántos buenos libros existen? Cuántos buenos libros se escriben cada año? Y sin quererlo, cuántos libros malos leeré? Hay que tener mucho cuidado al elegir la siguiente lectura, porque es un desperdicio lamentable no hacerlo y dejar de leer buenas cosas a costa de malas. El costo de oportunidad es demasiado grande.

Vergüenza

La vergüenza es algo que te enseñan en casa. No sé por qué, tal vez por esas burlas inocentes que te hacían cuando eras niño. O tal vez algún problema de autoestima de tus padres que se te hereda, que aprendes. No lo sé, no tengo intensiones de dilucidar sobre los orígenes psicológicos de la vergüenza, si es que los hay. Debo aclarar que no creo en la gran mayoría de teorías (que realmente son hipótesis) que la pseudo ciencia de la psicología postula.

Pero el hecho es que siento vergüenza a veces. No sé por qué, pero la siento. Lo más gracioso, es que por algún lado te proponen, te enseñan que la vergüenza es mala. A veces la relaciono con un miedo, pero tal vez será el más sin sentido de los miedos. ¿Qué es la vergüenza? ¿Quiero quitarla? La vergüenza más extraña que experimento, es aquella a hablarle a la gente.

Esfuerzo sin esfuerzo

Una de las paradojas mas extrañas que conozco es la del esfuerzo. A todos se nos enseña, aun no sé si es cierto, que el esfuerzo lleva a recompensas. Sabemos que si añadimos esfuerzo a nuestras labores, seremos recompensados. Incluso se nos vende un poco a idea de que con esfuerzo podremos llegar a ser felices.

Entonces, sí sabemos que el esfuerzo conlleva recompensas, ¿por qué cuesta tanto? A mí me cuesta enfocarme en las cosas que hago, me cuesta enfocarme en lo que quiero. Lo confieso. Hay días que no requiero “esfuerzo” para lograr esos enfoques, pero son los menos. ¿Qué debo hacer, para lograr ese enfoque sin “esfuerzo”?Finalmente, para llegar al punto de la paradoja, ¿Cómo me esfuerzo sin “esfuerzo”? Sí, esa es mi pregunta. Porque conozco las posibles recompensas del esfuerzo, y conozco las consecuencias de no esforzarme, sé que conviene esforzarme. Entonces ¿por qué me cuesta? ¿Por qué cuesta esforzarse, aún estando a la luz de nuestra inteligencia las ventajas de ello?

Mentiras

No hablo en este momento de las mentiras grotescas y grandes que cambian historias, que cambian vidas. Tampoco de aquellas premeditadas, que tienen algún gusto. Ni de las intencionadas para evitar problemas. Me refiero a las mentiras estúpidas que a todos con una alarmante frecuencia nos gusta decir. Esas mentiras que a veces se escapan, pero que no conllevan beneficio para el que las dice. Esas mentiras que existen simplemente por qué si. ¿Por qué nos gusta mentir? La hora de ir al supermercado, cuánto nos falta para llegar, si tuvimos un buen día, si hicimos x o y cosa. Tal vez un día haga una bitácora de las mentiras que digo diarias. ¿Serán tantas como las verdades?

Lo gracioso de las mentiras, es que nos damos cuenta que las decimos. No se nos pasan desapercibidas. Usamos inteligencia y creatividad para maquilarlas, para darle forma y vida. A diferencia de la verdad, que a veces nos da forma y vida a nosotros. ¿Es tan difícil ser cien por cien sinceros? ¿Es conveniente? Puede ser tal vez un condicionamiento que la educación nos impone. No lo sé.

Las identidades trigonométricas y la vida

Recuerdo perfectamente cuando estuve estudiando identidades trigonométricas en el colegio. En esa época mi relación con la matemática era más de amor que de odio, pero lo que más me enojaba era no entender los procedimientos. Más que no entender, porque las notas las sacaba, era no entender para qué servía, por qué servía. Una tarde en mi escritorio estaba dándole vueltas y vueltas a las benditas identidades, y las sencillas me salían. Más por prueba y error que por realmente comprenderlas. Hasta que me topé con una que no me salía. Me enojé, estaba ansioso. Pero seguí dándole vueltas, hasta que repentinamente lo “entendí”. El famoso Eureka. Desde aquel momento entendí todas las identidades trigonométricas, ya no había ninguna que me fuese imposible, porque había “entendido”. Y ese conocimiento, mejor dicho ese “entendimiento” ya no se me pudo olvidar. En ese día pasaron dos cosas: “entendí” las identidades trigonométricas, y me comenzó a encantar la matemática.

Hoy me pregunto. Así como antes conocía la teoría de las identidades trigonométricas pero no las entendía, hasta que ese rayito de luz me cayó en la cabeza; así pasa con mi vida, conozco la teoría, pero posiblemente no la “entiendo”. ¿Podré llegar a “entender” la vida? ¿Cuándo pasará ese momento en el que algo sucede que me hace entenderla, y al mismo tiempo amarla más?